Despertar con el circo

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Foto de Cirrus Crossan via Unsplash.

Llegamos al circo a media tarde. El sol pega fuerte, todo parece como otras veces. En la entrada doy torpemente las entradas a un payaso que me ofrece gel para las manos, me hago un lío con la mascarilla, las gafas de sol, el bolso, a media risa consigo poner todo en su lugar y untarme con el dichoso líquido. Tomamos asiento. El circo está medio vacío. Me siento feliz de estar allí.

El circo Raluy Legacy ha estado acampado en mi ciudad durante todo el confinamiento. Con todas las actuaciones suspendidas, se confinaron en el parque San Jordi en el centro de la ciudad, donde ahora están a punto de realizar la actuación. Durante los días encerrados, cada vez que pasaba delante de la carpa y veía al circo, me abrumaba pensar sobre el parón que ha golpeado brutalmente a todo el sector del espectáculo, uno de los más afectados durante esta crisis.

Aire nuevo

Disfruto siempre de la llegada del circo o de los numerosos artistas que nos visitan en varios de los festivales de la ciudad. Más allá de las actuaciones en sí que me fascinan, encuentro que, con su mera presencia, sutilmente infundan a la ciudad de aires transgresores que animan la vida y sus posibilidades reequilibrando el temeroso y conservador inconsciente colectivo.

La voz del circo reza, “Señores, les recordamos que está prohibido realizar fotos con flash, gravar con flash y fumar con flash”. El espectáculo empieza. El primer gag, payaso listo, payaso tonto, utilizando las mascarillas y el spray desinfectante como hilo conductor. Se pone la mascarilla como gorro, como bikini, como slip, nos duchan con spray. Suenan las primeras carcajadas.

Presencia

Con el asombro de una niña de siete años entro de lleno en el espectáculo. Mi pensamiento cesa y en mi experiencia solamente hay cabida para el número de turno. Baja la luna y en ella una trapecista se contorsiona como un ser mítico, al son de la música y las luces. Dos equilibristas caminan por la cuerda realizando todo tipo de bailes imposibles, desde pedalear encima de la cuerda a moverse como si la cuerda fuese un espejo. Dioses, dice una voz dentro de mi, son dioses y devotamente nos regalan con su arte a todos nosotros.

Voy del trance a la realidad y vuelvo al trance. Después de cada súper logro, siento que los aplausos suenan tan bajos… claro el público somos cuatro gatos. Redoblo mis esfuerzos para hacerles llegar mi celebración, mi admiración. Imagino los retos económicos que están sufriendo, y a pesar de todo, allí están, dándolo todo. Me emociono y aplaudo más fuerte. Llega el clown y los grandes números hacen una pausa. Nos entrega coqueto su debilidad. Su ridículo, sus ordinarieces, y así, entre risa y risa, vemos las nuestras. Esta crisis nos ha hecho pequeños. Muy pequeños. Un virus pequeño nos mostró cual payaso nuestra enorme pequeñez. Y ahora,  está de nuevo la oportunidad en nuestras manos para poco a poco resurgir, como payasos conscientes de su humanidad inquebrantable, pero sobretodo de su debilidad segura.

“Señores, señoras, por un momento, quítense las mascarillas y respiren, respiren hondo. Inspiren, y expiren. Otra vez, inspiren, expiren…” dice la voz del circo y yo añado internamente, suelten el miedo, confíen en su pequeñez que también es la nuestra y sobretodo, gocen del espectáculo, que la vida son cuatro días y ya han pasado dos. El espectáculo termina. Me siento extasiada y ligera.

Invitación a despertar

Aznavour canta en Les comédiens, “los artistas del circo, van a desmontar su tienda, dejando en el fondo del corazón de cada uno, una pizca de la felicidad del arlequín y un poco de su serenata. Y mañana, cuando el sol se levante, ya estarán lejos y creeremos que todo ha sido un sueño. Pero mientras tanto, cruzan de noche otros pueblos adormecidos.” Y así, a medida que el mundo del espectáculo vuelve a la vida, nos ofrecerá inestimables espacios para despertar del sueño de la nueva normalidad. Momentos para sentir la vida más allá del miedo y de nuestras limitadas mentes. Despertar a la naturaleza del ser, aquella a la que verdaderamente pertenecemos.

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